La reciente imputación de diez jugadoras de hockey del Club Alemán en Mendoza ha puesto nuevamente bajo la lupa una práctica tan antigua como peligrosa: los rituales de iniciación.
Lo que comenzó como un supuesto festejo de bienvenida para una adolescente de 16 años, derivó en una denuncia por abuso sexual agravado que hoy tramita en la justicia provincial. Este hecho, lejos de ser aislado, revela una estructura de violencia naturalizada en el ámbito deportivo, donde el paso de categoría o el debut en primera división parece exigir un «peaje» físico o psicológico que traspasa cualquier límite ético.
La mirada profesional sobre la perversión en los rituales
Gisela Rinaldi, psicóloga deportiva, analizó la gravedad de estos episodios advirtiendo que muchos de estos relatos connotan un grado de perversión que «traspasa lo humano».
Según la especialista, existe una confusión peligrosa entre lo que significa integrar a un nuevo miembro y someterlo. Mientras que la integración busca fortalecer los lazos de confianza, estos actos suelen basarse en el ejercicio del poder y la humillación, transformando un momento de realización personal —como llegar a la máxima categoría— en una experiencia traumática difícil de procesar.

La justicia de Mendoza reabrió la causa por abusos en el hockey tras nuevas pruebas.
La delgada línea entre la diversión y el abuso
Uno de los grandes desafíos actuales es identificar dónde termina la tradición y dónde empieza el delito. Rinaldi sostiene que el límite es claro: está donde al otro le molesta o no otorga su consentimiento. Sin embargo, en la cultura deportiva están arraigadas prácticas como los golpes, el corte de pelo forzado o el «puente» (donde los compañeros golpean al iniciado).
«Naturalizamos que le dejen la mano marcada a un chico y hasta nos reímos, sin preguntarnos si esa persona realmente quiere pasar por esa situación», advierte la psicóloga.
El miedo como barrera para la denuncia
El silencio de las víctimas suele estar alimentado por una necesidad imperiosa de pertenencia. Para un deportista joven, denunciar a sus propios compañeros implica el riesgo de quedar fuera del grupo, ser tildado de «traidor» o ver truncada su carrera profesional.
Este mecanismo de presión social hace que muchos acepten tratos degradantes bajo la premisa de que «no queda otra si querés ser parte». La víctima, atrapada entre su sueño deportivo y el miedo, suele callar para evitar represalias dentro de la propia institución.

Entrenadores y dirigentes deben ser los primeros en poner límites a los «bautismos» violentos.
El rol de la familia y la comunicación con los hijos
Abordar estos temas desde el hogar es fundamental pero complejo. Muchos jóvenes no cuentan lo que sucede en el vestuario porque saben que sus padres se enojarán e intervendrán en el club, lo que podría empeorar su situación social frente al grupo. La frase «te cuento pero no digas nada» es una constante que inmoviliza a los adultos.
Según Rinaldi, «es necesario fomentar una educación basada en los límites y el respeto desde edades tempranas, para que el joven identifique cuándo una conducta es abusiva y sienta la seguridad de pedir ayuda».
La presión de grupo y la ausencia de líderes positivos en los rituales de iniciación
En casos de abusos grupales, surge la pregunta de por qué nadie intervino para frenar la agresión. Aquí juega un papel determinante la presión del grupo y la figura de los líderes. En el caso del Club Alemán, la justicia investiga no solo a quienes ejecutaron el acto, sino el contexto de complicidad.
La psicóloga destaca que la falta de «líderes positivos» que digan «paren, esto no se hace» permite que el líder negativo arrastre al resto hacia conductas delictivas por temor a ser excluidos o señalados por la capitana o los referentes del equipo.
La responsabilidad institucional de los clubes y entrenadores
Los clubes no pueden ser meros espectadores de lo que sucede en sus instalaciones. Como entidades formadoras, tienen la obligación de vigilar y erradicar cualquier práctica que atente contra la integridad de los menores.
El papel de los entrenadores es crítico: son ellos quienes deben poner fin a estas «costumbres» y proponer rituales alternativos que sean realmente saludables y divertidos, como desafíos deportivos, actividades creativas o simplemente festejos simbólicos que no impliquen el contacto físico violento ni la degradación moral.
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