La morosidad familiar se convirtió en uno de los principales síntomas de la crisis económica que atraviesan los hogares argentinos. Con ingresos que pierden poder adquisitivo y costos financieros cada vez más altos, millones de personas enfrentan crecientes dificultades para cumplir con sus obligaciones.
Según datos recientes del Banco Central de la República Argentina (BCRA), en febrero de 2026 el nivel de préstamos en situación irregular en personas físicas alcanzó el 11,2%. Se trata del valor más alto en más de dos décadas y representa un fuerte salto frente al 2,94% registrado en el mismo mes del año pasado.
En apenas doce meses, el indicador casi se cuadruplicó y acumula 16 meses consecutivos de suba, lo que confirma un deterioro sostenido de la economía doméstica.
El consumo cotidiano, en el centro del problema
El aumento de la morosidad familiar está directamente vinculado al financiamiento del día a día. Los préstamos personales registran una mora del 13,8%, mientras que las tarjetas de crédito alcanzan el 11,6%.
Esto muestra que muchas familias no se endeudan para grandes compras, sino para cubrir gastos básicos como alimentos, transporte, servicios o educación.
En este contexto, el crédito dejó de ser una herramienta ocasional y pasó a convertirse en un recurso habitual para sostener el consumo.
La mirada desde el sistema financiero
El gerente de Montemar, Sergio Alzá, explicó en una entrevista radial que el problema actual combina varios factores. Por un lado, señaló que en los últimos años hubo una expansión del crédito con límites elevados, especialmente en tarjetas.
“Muchas entidades ofrecieron montos altos que, ante la necesidad, los clientes terminaron utilizando”, indicó.
Pero también remarcó un cambio de escenario clave: durante años, la inflación ayudaba a licuar las deudas en cuotas. Hoy esa lógica ya no funciona de la misma manera.
“Antes uno compraba en cuotas y el sueldo acompañaba. Ahora la realidad es distinta: si ganás 10, no podés gastar 11 esperando que la inflación te salve”, explicó.
Entre la necesidad y la falta de ingresos
Sin embargo, el propio contexto económico limita esa lógica. En muchos casos, el endeudamiento no responde a gastos innecesarios, sino a la imposibilidad de cubrir necesidades básicas.
Alzá reconoció esta situación: “Muchas familias gastan más de lo que ganan no por lujos, sino porque no les alcanza para vivir”.
Este fenómeno refleja una tensión creciente entre ingresos estancados y costos en alza, que empuja a los hogares a financiar incluso el consumo esencial.
Más riesgo fuera del sistema bancario
El problema se profundiza en el ámbito de las fintech y entidades no bancarias, donde los niveles de morosidad son aún más elevados.
Algunas compañías registran cifras muy por encima del promedio del sistema, lo que evidencia una mayor fragilidad en los sectores que recurren a estas alternativas de financiamiento.
En estos casos, el acceso al crédito suele ser más flexible, pero también más costoso, lo que incrementa el riesgo de incumplimiento.
Un escenario que puede endurecer el crédito
Si la tendencia continúa, el sistema financiero podría restringir el acceso al crédito, con condiciones más exigentes y tasas más altas.
Esto tendría un impacto directo en los hogares, que ya enfrentan una fuerte presión sobre sus ingresos.
Al mismo tiempo, desde las entidades destacan la importancia de la gestión temprana de la mora, con estrategias de contacto y refinanciación para evitar que las deudas se vuelvan impagables.
Una señal clara de la crisis económica
La morosidad familiar no es un fenómeno aislado, sino una consecuencia directa de la situación económica general.
La combinación de inflación persistente, salarios rezagados y tasas elevadas genera un escenario difícil de sostener en el tiempo.
Mientras tanto, en la vida cotidiana, el impacto ya es visible: menos consumo, más endeudamiento y una creciente incertidumbre sobre la capacidad de llegar a fin de mes.
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