El consumo de carne vacuna cayó 9,4% y tocó en julio uno de sus niveles históricos más bajos. En Mendoza, mientras el sector exportador celebra una fuerte demanda internacional, la discusión pasa por otro lado: cuánto puede pagar una familia para poner carne en la mesa.
La respuesta que desató la polémica
Durante una entrevista en LV18, Edgardo Fretes, secretario de la Cámara de Abastecimiento de Carnes de Mendoza, reconoció que “la venta está muy dura” y que el escenario es “complejo a nivel comercial”. Sin embargo, su respuesta a una jubilada que contó que ni siquiera puede comprar medio kilo de carne picada generó fuerte rechazo.
“No, que busque opciones, que busque opciones con el pollo”, respondió Fretes, quien agregó que el pollo es una alternativa porque “está rebarato”.
La frase expuso una de las mayores contradicciones del actual modelo económico: mientras se ponderan las exportaciones y el ingreso de dólares, el consumidor argentino queda obligado a modificar qué come porque la carne vacuna se volvió demasiado cara.

Fretes pidió “buscar opciones” y recomendó el pollo como alternativa a la carne vacuna.
“Hay que mirar la película completa”, dijo Fretes
El dirigente defendió el crecimiento exportador y aseguró que en julio ingresaron unos US$3.000 millones por exportaciones de carne. También sostuvo que más de 25.000 familias dependen de los frigoríficos exportadores.
Pero fue todavía más lejos al responsabilizar a las políticas de las últimas décadas: “Hemos vivido cuarenta años de una irrealidad”, afirmó.
También sostuvo que “cuando uno hace control de precios, lo que genera es desinversión” y cuestionó las políticas que, según su mirada, redujeron el stock ganadero.
El dato que golpea al bolsillo
Según los datos aportados en la entrevista, el consumo aparente de carne vacuna en los primeros siete meses cayó 12% interanual, mientras el consumo por habitante bajó 9,4%.
El propio Fretes admitió: “Yo estoy mucho más apretado, trabajo el doble y tengo la vida mucho más complicada que antes”.
La pregunta que queda abierta es incómoda: si la recuperación económica se mide por exportaciones y dólares, ¿cuándo se traduce en algo concreto para el bolsillo de quien no puede comprar un kilo de carne?





