Los mapas que utilizamos habitualmente para representar el mundo no muestran con exactitud el tamaño real de los países. La explicación está en las distintas proyecciones cartográficas utilizadas para trasladar la superficie curva de la Tierra a un plano, un tema que fue abordado en una entrevista con Paula Huerta, profesora universitaria de Geografía de la Universidad Nacional de la Patagonia San Juan Bosco, en el programa La Ciudad Suena.

Paula Huerta, profesora universitaria de Geografía de la Universidad Nacional de la Patagonia San Juan Bosco.
Huerta explicó que nuestro planeta tiene una forma denominada geoide, por lo que representarlo sobre una superficie plana implica necesariamente algún tipo de distorsión. A lo largo de la historia se desarrollaron diferentes proyecciones para resolver este problema y una de las más conocidas es la proyección de Mercator.
Esta representación fue adoptada especialmente por su utilidad para la navegación, ya que permitía trazar rutas marítimas de manera práctica. Sin embargo, presenta una particularidad: a medida que los territorios se acercan a los polos, aparecen representados de un tamaño mayor al que realmente tienen.
De esta manera, países y regiones ubicados en el norte del planeta pueden verse considerablemente más grandes de lo que son en términos de superficie. Groenlandia es uno de los ejemplos más conocidos: en los mapas tradicionales parece tener un tamaño similar al de África, aunque el continente africano es muchas veces más extenso.
La especialista también destacó que la distorsión no se limita a los mapas impresos. Las mismas representaciones están presentes en herramientas de uso cotidiano, como los sistemas de navegación, teléfonos celulares y dispositivos utilizados para ubicarnos o planificar viajes.
En la entrevista también se hizo referencia a nuevas formas de representar el planeta, entre ellas las proyecciones que buscan mostrar los territorios de manera más proporcional a su superficie real. En ese sentido, Huerta señaló la importancia de conocer que ningún mapa plano puede reproducir perfectamente un planeta tridimensional, pero que sí es posible elegir qué tipo de distorsión se prioriza y comprender por qué.
La conversación también puso el foco en el impacto educativo de este cambio de perspectiva. Para Huerta, revisar la manera en que se enseña y se observa el territorio puede ayudar a que estudiantes y adultos comprendan que las imágenes que aprendieron a interpretar desde la infancia no necesariamente representan las dimensiones reales de los países.
La geógrafa remarcó además la necesidad de abordar estos contenidos desde una mirada crítica, entendiendo que los mapas también tienen una historia vinculada con la navegación, la geopolítica y los procesos históricos que atravesaron los territorios.
Como ejemplo de la diferencia entre percepción y superficie real, durante la entrevista se planteó el caso de Argentina, cuya extensión territorial puede compararse con la superficie de numerosos países europeos. La representación habitual puede generar una percepción diferente de sus dimensiones reales.
El debate sobre las proyecciones cartográficas, de este modo, no se reduce a una cuestión técnica. También invita a revisar cómo construimos nuestra percepción del mundo y qué imagen del planeta transmitimos en las escuelas, los medios y las herramientas digitales.
Para Huerta, conocer estas diferencias permite pasar de aceptar una representación como única y definitiva a comprender que cada mapa es una forma de interpretar la realidad.





