Un estudio realizado sobre más de 37.000 adultos encendió una nueva señal de alerta para la salud. Investigadores de la Universidad de Jilin y la Universidad Médica de China concluyeron que la glucosa en sangre elevada está asociada con un envejecimiento cerebral más rápido y con un mayor riesgo de desarrollar enfermedades neurológicas.
Un hallazgo que preocupa a la comunidad científica
La investigación, publicada en la revista Molecular Psychiatry, analizó información del UK Biobank mediante resonancias magnéticas, análisis de sangre y datos genéticos. Los científicos explicaron: «Integramos neuroimagen multimodal, metabolómica plasmática y datos genómicos del UK Biobank para identificar marcadores metabólicos del envejecimiento cerebral y evaluar su relevancia causal».
Además, precisaron que «usando 1.079 fenotipos derivados de imagen de 4.333 participantes sanos, entrenamos y validamos modelos de aprendizaje automático para la predicción de la edad cerebral».
La glucosa fue el factor con mayor impacto
Entre nueve metabolitos analizados, la glucosa plasmática mostró la asociación más fuerte con la denominada «brecha de edad cerebral», indicador que compara la edad real de una persona con la edad aparente de su cerebro.
Los investigadores afirmaron que «clínicamente, la glucosa plasmática elevada se asoció positivamente con siete trastornos cerebrales», entre ellos demencia, enfermedad de Alzheimer, demencia vascular, enfermedad de Parkinson, accidente cerebrovascular, depresión y ansiedad.
También señalaron que la glucosa elevada se relacionó «negativamente con el rendimiento cognitivo, la función motora y los resultados de salud mental».

Imágenes del cerebro y genética reforzaron la evidencia
El trabajo mostró que las personas con mayores niveles de glucosa presentaban una reducción del volumen cerebral en 80 regiones corticales, subcorticales y cerebelosas. A su vez, el análisis genético sugirió que la relación podría ser causal y no una simple coincidencia.
Según los autores, controlar la glucosa en sangre podría convertirse en una estrategia preventiva para retrasar el envejecimiento cerebral y disminuir el riesgo de enfermedades neurodegenerativas. El estudio también abre la puerta a detectar alteraciones antes de la aparición de síntomas de deterioro cognitivo, una posibilidad que podría cambiar el enfoque preventivo en millones de personas.





