El cierre de la planta de Unilever en Guaymallén marca el final de una historia industrial iniciada en 1964. La compañía desvinculó a 60 trabajadores y confirmó que pagó las cosechas comprometidas con los productores cuyanos. Pero el impacto va mucho más allá de una fábrica que baja sus persianas.
60 trabajadores quedan fuera de una planta histórica
La empresa aseguró que el proceso se realizó de manera ordenada y que los empleados recibieron una gratificación adicional a la indemnización legal. Al mismo tiempo, aclaró que Knorr continuará en la Argentina y que el cierre no implica el retiro de la marca.
El problema es qué viene después. La planta procesaba hasta 15.000 toneladas de hortalizas frescas por año y las convertía en unas 3.200 toneladas de productos deshidratados. El 90% tenía como destino el mercado argentino.
Productores, importaciones y una pregunta incómoda
Cinco productores mendocinos trabajaban por campaña con Unilever y las fuentes consultadas señalaron que las cosechas comprometidas fueron abonadas. Sin embargo, queda abierta la situación futura de las hectáreas adaptadas al esquema de agricultura regenerativa y del vínculo con el INTA.
La mayor incógnita es industrial: Unilever todavía no explicó desde dónde abastecerá a Knorr. Si parte de esos productos comienza a llegar desde el exterior, Mendoza podría perder no sólo una fábrica, sino también una cadena productiva construida durante décadas. Es el dato que convierte este cierre en algo más que una decisión empresarial: vuelve a poner sobre la mesa el debate por la desindustrialización y el futuro de las economías regionales.





