La creciente presencia de discursos de odio en las escuelas se ha convertido en una señal de alerta para especialistas y docentes. Lejos de ser un problema aislado, este fenómeno refleja tensiones sociales más amplias que atraviesan a toda la comunidad.
La doctora Micaela Cuesta, investigadora de la UNSAM y especialista en análisis de discursos de odio, advierte que la escuela hoy funciona como una “caja de resonancia” donde se expresan conflictos que exceden el ámbito educativo. Según explica, las instituciones ya no logran cumplir plenamente su rol de integración social y se ven desbordadas por problemáticas estructurales.
El impacto de las redes sociales y la viralización
Uno de los factores centrales es el papel de las redes sociales. Cuesta señala que los discursos de odio circulan con mayor intensidad en entornos digitales porque generan interacción y, en muchos casos, rentabilidad económica.
“Son contenidos emocionalmente extremos que capturan la atención. Eso hace que se viralicen más rápido y lleguen a los adolescentes casi en tiempo real”, explica.
Este escenario amplifica conductas que siempre existieron en la adolescencia, como la transgresión o la búsqueda de identidad, pero con una diferencia clave: hoy esas acciones pueden replicarse de forma masiva en cuestión de minutos.
La naturalización de la violencia simbólica
Para la especialista, uno de los riesgos más graves es la naturalización del odio. Estos discursos no solo expresan rechazo, sino que legitiman la discriminación y, en algunos casos, la violencia.
Esa dinámica genera una progresiva insensibilidad frente al sufrimiento del otro. En el ámbito escolar, esto se traduce en vínculos más frágiles, menor empatía y un clima de creciente intolerancia.
Además, cuando estos mensajes son reproducidos desde espacios de poder, su impacto se multiplica. “Se produce una habilitación simbólica: si quienes tienen poder lo dicen, otros sienten que también pueden hacerlo”, sostiene Cuesta.

Adolescencia, identidad y búsqueda de reconocimiento
Otro punto clave es entender qué encuentran los adolescentes en estas conductas. Según la investigadora, no se trata solo de actos impulsivos, sino de prácticas que muchas veces otorgan reconocimiento o pertenencia.
En ese sentido, los llamados “retos virales” funcionan como mecanismos de validación social. “Si buscan llamar la atención, también hay que preguntarse por qué no la están recibiendo en otros espacios”, plantea.
Esto abre una mirada más amplia, que involucra tanto a las familias como a las instituciones.
La escuela, entre la contención y la enseñanza
Hoy, muchas escuelas deben priorizar la contención emocional por sobre la enseñanza. La falta de recursos, sumada a problemáticas como la pobreza o la violencia familiar, genera una sobrecarga en el sistema educativo.
Cuesta advierte que la crisis no es solo pedagógica, sino también institucional: “Se está perdiendo la capacidad de aprender a convivir”.
Esto genera una sensación de impotencia en docentes y directivos, que enfrentan situaciones cada vez más complejas sin herramientas suficientes.
Un fenómeno global vinculado a la crisis
El avance de estos discursos no es exclusivo de un país. Según la especialista, forma parte de un proceso global que se intensificó tras la crisis financiera de 2008.
En contextos de incertidumbre, explica, las personas tienden a ver al otro como una amenaza. Esto se combina con una lógica individualista que promueve la competencia permanente.
“El otro deja de ser un par y pasa a ser un rival”, resume.
Individualismo, meritocracia y fragmentación social
La expansión de ideologías centradas en el mérito individual y la autosuperación también influye en este escenario. Estas ideas refuerzan la percepción de que cada persona es responsable absoluta de su destino, debilitando los lazos colectivos.
En la práctica, esto se traduce en menos tolerancia, más rechazo a la diferencia y una mayor predisposición al conflicto.
¿Qué se puede hacer frente a este escenario?
Lejos de proponer respuestas simplistas, Cuesta plantea la necesidad de abordar el problema desde múltiples dimensiones. Esto incluye a la escuela, las familias, el Estado y los propios adolescentes.
“La clave es reconstruir espacios de diálogo y generar narrativas que permitan tramitar los conflictos sin violencia”, sostiene.
También remarca que los jóvenes no son solo víctimas de este contexto, sino actores con capacidad de transformación. Existen múltiples experiencias donde construyen vínculos solidarios y formas alternativas de convivencia.

Reconstruir la convivencia como desafío urgente
El desafío, concluye, es recuperar la escuela como espacio público y plural. Un lugar donde la diferencia no sea vista como una amenaza, sino como una oportunidad.
En un contexto marcado por la fragmentación, la convivencia democrática aparece como una tarea urgente y colectiva.
Más sobre «discursos de odio en las escuelas»
https://lv18.com.ar/amenazas-en-escuelas-mendoza-protocolo-san-rafael/
https://investigadores.unsam.edu.ar/es/investigador/88/Cuesta-Micaela





